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Si los perros hablaran...
Si los perros hablaran qué no dirían de sus propios dueños. Se me ocurre que acabarían su larga retahíla de quejas como aquella revista, El Hermano Lobo, que formulaba muchas preguntas sobre cuando se solucionaría tal o cual problema, y acababa con un Auuuuu... el año que viene si Dios quiere. Si los perros hablaran, preguntarían a sus amos que cuándo saldrían con las bolsas para recoger sus incontinencias vespertinas, matutinas y nocturnas, para no dejar recuerdos indecorosos para los seres humanos en plena vía pública, en zonas de paseo o en lugares de práctica deportiva. Si los perros hablaran preguntarían por su bozal antes de salir de casa para no tener que soltar algún mordisco a cualquier desaprensivo que les mire con cara de perro. Si los perros hablaran, les recordarían a sus dueños la necesidad de limpiar a menudo los patios y azoteas, garajes y jardines privados, si es que abandonan la responsabilidad que contrajeron el día que alguien les regaló el cachorrito, responsabilidad que obliga a un paseíto para no tener que dejar esos olores que a nadie, ni a los propios perros, gustan. Ni el sembrado de defecaciones obligadas en la soledad de una casa. Si los perros hablaran, hablarían de abandonos y malos tratos, de hambre y de sed, de falta de cariño y de angustias con los cohetes del Cristo de La Laguna, de cadenas apretadas al cuello y de peleas indeseadas, fruto de mentes acomplejadas. Si los perros hablaran, lo harían en alemán o en inglés, para poder así preguntar por tanto abandono post etapa invernal de turismo en la isla, y lo harían en español y canario, como decía Bolivar, para quejarse de los regalos de Navidad que acaban en la calle. Ay, si los perros hablaran...

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