Gaia. La Tierra es un Planeta Vivo. Cuidemos entre todos de ella.

Gaia. La Tierra es un  Planeta Vivo. Cuidemos entre todos de ella.
“Sólo cuando el último árbol haya sido cortado, sólo cuando el último río haya sido secado, sólo cuando el último animal haya sido cazado, sólo cuando el último monte haya sido destrozado, nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer” Proverbio indio

La Tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos

La Tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos
Convertid un árbol en leña y podrá arder para vosotros; pero ya no producirá flores ni frutos. Rabindranath Tagore

10/8/10

Taurino: prototipo del hombre mediocre

Cualquiera sabe que las leyes no siempre son justas. A lo largo de la historia lo que ayer se consideraba un atentado contra las normas establecidas hoy se considera obsoleto. Los esclavos debían mantenerse en sujeción a sus amos, las mujeres debían obedecer a sus maridos, incluso no tenían derechos y libertades de las que se benefician en la actualidad. Estos cambios en la sociedad y en las leyes han costado sangre, sudor y lágrimas porque los que se beneficiaban de poseer esclavos con toda legalidad y los que han rebajado a la mujer al nivel de un trapo, aprovechando su desprotección, no querían perder sus privilegios mantenidos durante siglos.
Seguimos viendo cambios en la sociedad pero hay algunos que se resisten a esta transformación. Los que se oponen forman parte del colectivo que José Ingenieros describió como el hombre mediocre: “Apuntalan todas las doctrinas y prejuicios, consolidados a través de siglos. Siguen el camino de las menores resistencias, nadando a favor de toda corriente y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es simple incapacidad de nadar aguas arriba. Amoldan su corazón a los prejuicios y su inteligencia a las rutinas: la domesticación les facilita la lucha por la vida”. El hombre mediocre se cree libre pero es esclavo de los prejuicios. Su visión del mundo que les rodea y de las criaturas que en él habitan es miope, impidiéndole ver —para su propio provecho— el derecho a la vida de los que él considera inferiores, meros objetos para saciar sus más arraigados instintos violentos.
En España hay algunos mediocres que defienden con pasión su derecho a disfrutar de la tortura y asesinato de un becerro o de un toro, amparándose en la tradición y en las leyes. En su flotar aguas abajo se sienten atacados en su libertad cuando alguien, que nada contra corriente, les descubre sus miserias y lo injusto de estos festejos sangrientos, por muy legal que hayan sido hasta ahora. Personalmente no entiendo —y estoy en mi derecho de no entender— cómo un trozo de tela roja y gualda está más protegida legalmente que un mamífero, una criatura noble, con un sistema nervioso similar al mío (y al del mediocre). Puedo atravesar con una espada a un toro mientras otros disfrutan viendo su agonía. Tengo derecho a recibir dinero del Estado si me gano la vida celebrando esta masacre, pero puedo recibir pena de cárcel si quemo un símbolo nacional, que es al fin y al cabo, un trozo de tela, un objeto material sin sentimientos. En definitiva: tengo libertad para matar, pero no tengo libertad para destruir un trapo.
“En los pueblos domesticados llega un momento en que la virtud parece un ultraje a las costumbres”. En España —como pueblo domesticado que es— se considera salir del rebaño, ser libre y luchar por los desprotegidos —en esto caso los toros— como un ataque antipatriota, como un insulto a la cultura. Pero somos muchos los que damos más valor a la vida que a los símbolos.
Yolanda Plaza Ruiz

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