Jamil y Noa, era una pareja de gatos vagabundos, que callejeaban a sus anchas por Antalya, Turquía. La ciudad entera constituía una casa, mas no un hogar, por eso emprendieron una romántica existencia afincada en el compañerismo. Así siendo, vivir derivó en un constante ambular, cargando esperanzas, descubriendo sitios tentadores, enlazando búsquedas, zurciendo soledades. La pesca del alimento necesario conformaba el norte, aunque el mutuo cariño venía a ser el vehículo que encaminaba el rastreo. De allí que recorrían todos los rincones sin ataduras que le cercenara la libertad, yendo de calle en calle, de basural en basural, de bocado en bocado, ensamblando miradas con suaves lambetazos; convirtiendo la intemperie en un cobijo de amor. No hubo situación climática que los detuviera. El viento y la tormenta los vieron cruzar. Ni el frió que recortaba los movimientos, o el calor que sugería abrazarse a la sombra, lograron derretir tanta unión.
Sin embargo, el desembarco de un avieso día trajo el estilete de la desgracia...
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